lunes, 11 de enero de 2010

Valdín

Bueno, una novela escrita por mi ^^ espero les guste :) (aún pienso alargarla mucho más, ya que eso es solo la base ^^)

-¿Escuchas su llanto de cristal, resonar en las estancias de aquella vieja casa del árbol?- el espejo reflejaba su rostro misterioso a la luz de aquel otoño; la debilidad se lograba asomar por sus ojos de mar, en forma de gotas cristalinas que rompían en destellos de mil colores al caer- “Si tan sólo pudiera evitar su sufrimiento”- pensaba Valdín al ver cómo el reflejo se convertía en nada, cuando de pronto, aquella silueta de proporciones perfectas, descendía de la escalera de madera.

Valdín observaba fijamente casi sin respirar. –Podría jurar que es uno de nosotros- pensaba, mientras ella echaba un vistazo a su alrededor con sus ojos cafés inundados en lágrimas y esbozando apenas una triste sonrisa, recordando los viejos tiempos.

-Cómo te extraño Valdín- susurró al viento, como si supiese que él estaba ahí.

Su cabello rizado y largo, era del color del fuego, sus mejillas ruborizadas y con aquellas lindas pecas que lo habían cautivado, la hacían parecer hermosa aún cuando lloraba. Tantas palabras juradas por aquellos hermosos labios color cereza, todas se revelaban en su mente, haciendo que se las llevase el viento.

Ella dio la vuelta para no volver jamás.

Las hojas en el suelo, derribadas por el viento frío, se hundían ante los pies de aquel ser invisible que caminaba vacilante ante la tristeza infundida por la mujer que él creía, estaría a su lado el resto de sus días.

-Difícil historia nos toco vivir Nai- dijo en susurro mientras alzaba el vuelo. Ella volteó, sonrió entre lágrimas y supo que era él.


Todo comenzó en un invierno, luces de colores y pinos que inundaban con aroma a Navidad toda la estancia. Pronto vendría Santa Claus, y Naiara tendría la caja de música que tanto había deseado.

-¿Por qué no puedo verlo?- preguntaba inocente, mientras su madre la arropaba para dormir.

-Porque si lo ves, no te traerá más regalos Nai- dijo con voz cansada y dulce, pero con una sonrisa. Su madre siempre sonreía, decía que con una sonrisa se resolvía cualquier problema y se lograba cualquier objetivo, y por tanto lo volvió un hábito, el cual Naiara aprendió de ella.

-De acuerdo mami- dijo ella cerrando los ojos y permitiéndose caer en un profundo sueño.

A la mañana siguiente, Naiara abrió los ojos y se percató de que era el gran día, así que bajó corriendo las escaleras que descendían hacia el pino adornado, que mostraba luces multicolores destellando en la estancia, aún iluminando la oscuridad abrasadora que se disolvía por el brillante sol del amanecer, mostrando en el cielo una gama de colores tornasol.

Frente a ella estaba aquel paquete envuelto en papel moteado. Naiara corrió hacia el árbol y arrancó la envoltura de un solo impulso. Allí estaba, aquella caja de música que tanto había deseado, era una realidad. Ciertamente Naiara era una niña, y hasta a sus padres les había extrañado aquella mañana cuando se plantó en medio de la sala, con su muñeca en un brazo y dijo:

-Quiero una caja de música para Navidad-.

-¿Sólo eso?- preguntaron sus padres incrédulos.

-Sí, sólo eso- respondió con una sonrisa embelesadora, dio media vuelta y fue nuevamente a su habitación.

Si bien ahora tenía su caja de música, debía aprovecharla al máximo, ella recordaba que sus padres habían intentado varias veces persuadirla de que pidiera otra cosa, pero ella quería su caja de música.

La abrió y una melodía encantadora se extendió por la estancia, abrigando con brazos invisibles a la indefensa niña de cabellera de fuego. Naiara escuchó atenta, hasta que terminó la melodía y se volvió a repetir.

-Tal vez, esto me deje verlo- dijo con una sonrisa a sus padres, quienes la observaban en el marco de la puerta, abriendo sus regalos.

-¿A quién Nai?- preguntó su padre al cabo de unos segundos, arrugando la frente en señal de sorpresa.

-¡Al ángel papi!- dijo sonriendo mientras escuchaba la melodía resonar.

-Nai, bella, los ángeles no se pueden ver- dijo él, comprensivo, acercándose a ella, que ponía cara de curiosidad. Su padre la sentó en sus piernas y dando un suspiro continuó. –Hija, los ángeles son maravillosos y son buenos, pero desgraciadamente no los podemos ver. Ellos son como el aire, en realidad existen, pero son invisibles-.

-Pero…- replicó ella, cerrando la caja.

-Pero nada Nai, no se pueden ver. Ahora ve a tu habitación a cambiarte, que te tengo una sorpresa- dijo su padre, en tono firme, bajándola y haciéndola caminar con la caja entre sus pequeñas manos.

La mañana era radiante y había un aire fresco que lo hacía un día espectacular. La nieve cubría las praderas y colinas. Su padre la guió por el bosque que rodeaba la casa.

-Papi, ya me canse… ¿Falta mucho?- preguntó la pequeña mientras cuidaba sus zapatos nuevos para no mojarlos de más y llevaba su caja de música en la mano contraria con la que tomaba la de su padre.

-No pequeña, falta poco- de pronto, comenzó a verse un tronco más grueso de lo normal, con aquella protuberancia simétrica, de proporciones inigualables. Naiara sonrió y miró sorprendida.

-Papi, ¿es esa una casa del árbol?- preguntó la niña con sonrisa incrédula.

-Así es, mi querida Naiara-.

-¿Podemos verla?-.

-Es tuya-.

Naiara quedó atónita ante la respuesta de su padre y corrió hacia la casa y subió las escaleras, cuidando de no soltar su caja de música.

-¡Es sensacional papi!- dijo la pequeña cuando estuvo adentro. El ambiente era cálido sobremanera y había unas hermosas ventanas, que parecían escrupulosamente talladas a perfección. Olía a caoba y a flores frescas. En la pared del fondo, había una ventana, que dejaba ver hermosos paisajes a lo lejos y en esa ventana había una mesa, donde la pequeña dejó la caja de música cuidadosamente. Al lado de la mesa había un ropero, una cama y en el centro una alfombra multicolor. – ¡Es como una casa de verdad!- exclamó finalmente la pequeña, y corrió a abrazar a su padre -¡Gracias papi!-.

-Me alegra que te haya gustado- dijo su padre contento –Ahora, sólo falta traer un poco de alimento, por si te da hambre mientras juegas. En seguida lo traigo, tú espérame aquí- concluyó él mientras le daba un beso en la mejilla a la pequeña.
La silueta del hombre, fue alejándose poco a poco, hasta convertirse en un punto en el horizonte.

Naiara saludaba desde la casa, con la mano, y cuando hubo perdido de vista a su padre, se introdujo a aquel acogedor lugar y se sentó delante de su caja de música, la cual abrió, haciendo que aquella linda tonada alegrara e iluminara aquel lugar, más de lo que ya lo hacía.

De pronto, el cielo comenzó a oscurecer y un viento estremecedor entró a la cálida cabaña. Nai se paró de un solo respingo y comenzó a analizar meticulosamente su alrededor. Una sombra que se iluminaba a lapsos perdidos de tiempo, cuan luz titilante de una vela en pleno viento, se encontraba frente a ella. Nai, abrió grandes los ojos y todo su interior se llenó de miedo, todo comenzó a hacerse oscuro y no se escuchaba más que el tenebroso silbido del viento que azotaba contra la noble madera, haciéndola rechinar.

Nai tomó valor, y caminó hacia aquella sombra, que ahora tomaba una forma humana, iluminándose cada vez más, al tiempo que la niña se acercaba a ella. Pronto estuvo a punto de tocarla, las emociones se desbordaban por la mente de la niña, sonreía, pero tenía miedo.

De pronto, tres golpes desesperados en la puerta se escucharon, Nai cerró la caja de música y la sombra se desvaneció por completo, haciendo que todo se iluminase de nuevo.

-¡Naiara! ¿Estás bien, hija?- preguntó su padre preocupado, mientras irrumpía en la casa del árbol a toda velocidad y la abrazaba.

-¿Qué pasó papi? ¿Qué fue eso?-preguntó Nai con la cara pálida y llena de terror, aquel rostro angelical parecía tornarse débil y lánguido aún cuando todo parecía como antes.

-No lo sé, preciosa, de repente caminaba hacia la casa para ir por comida y comenzaste a gritar. ¿Está todo bien Nai?- preguntó nuevamente su padre, preocupado.

-Sí, papi. Es solo que… vi una araña-.

-Entiendo… Creo que lo mejor es que volvamos a casa-.

Esa fue la primera vez que lo vio. Valdín la seguía siempre, miraba sus juegos infantiles y sus miradas de café. Aquella niña, era su mayor tesoro.


-¡Valdín!-.

El chico bajó la cabeza, y la mirada también.

-¿Me quieres explicar qué sucedió allá abajo?-.

-No fue nada, jefe-.

-¡No fue nada, no fue nada! ¿Sabes cuántas veces me han dicho lo mismo?-.

-No, jefe.

-¡Nunca! ¿Qué fue lo que sucedió allá abajo?- el chico bajó nuevamente la mirada.

-Fue la música-.

-¿Qué?-.

-La música, jefe. Eso es lo que me hizo aparecer, no sé si supo lo que soy, pero sé que no volverá a pasar, se lo prometo-.

-Promesas… Esta es tu primera y última oportunidad Valdín, no quiero que esto se vuelva a repetir ¡Jamás! ¿Me entendiste?-.

-Sí, jefe-.

Pero esto, jamás sucedió así.

La pequeña continuó con la duda de qué es lo que había sucedido desde entonces, y ella sabía que había sido la caja de música, la cual no había vuelto a abrir jamás.

Pasó su infancia, jugando en aquella casa del árbol, soñando despierta, con el día en que su príncipe azul llegase. Y creció, creció hasta convertirse en una señorita de 17 años, pronto sería tiempo de ir a la Universidad y ella aún ocupaba su casa del árbol.

Ciertamente, ahí era el único lugar en todo el mundo que Naiara amaba más que nada. Había pasado año tras año visitando la pequeña cabaña, que ahora le parecía un espacio reducido, más sin embargo, le parecía el mejor del mundo. De vez en cuando dormía la siesta ahí, tras escribir horas y horas en su viejo escritorio.

Pronto, llegó el día de su cumpleaños.

-No es nada especial mamá- comentaba ella, mientras su madre preparaba un pastel para celebrar.

-¿Cómo que no, Nai? ¡Pero si es tu cumpleaños! Además, ya eres toda una señorita- replicó ella sacándose los guantes que había ocupado para sacar el pastel del horno.

-No me gusta cumplir años- confesó ella, tras una pausa.

-¿Por qué no? Deberías disfrutarlo, tu padre ya fue por el venado- dijo su madre sentándose a su lado.

-Porque aún no estoy preparada para crecer- dijo ella, fijando su mirada en sus delicadas manos.

-Entiendo… Nai, tan sólo tienes 18, no te amargues la vi…-.

-¡Lidia! ¡Lidia!- interrumpió el joven vecino, quién parecía agitado.

Era un chico alto y rubio, tenía una mirada penetrante color verde aceituna y una sonrisa viril que cautivaba a cualquiera. Había llegado de Rusia hace cinco años, a la casa vecina y desde entonces era amigo de Naiara. Su nombre era Alexander.

-¿Qué pasa Alex? ¿Por qué vienes tan agitado? ¿Y… qué es esa mancha de sangre que traes en la camisa?- pregunto Lidia, la madre de Naiara, mientras se acercaba al chico.

-Es… es… es Vladimir-.

-¿Qué ha pasado?- preguntó ella asustada.

El chico bajo la mirada y se quitó la gorra que llevaba.

-Yo… lo siento- dijo finalmente abrazando a Lidia, quién rompía en llanto y Nai supo que ahí terminaban sus sueños. Ambos cruzaron sus miradas y Nai, derramando lágrimas involuntarias, subió a su habitación sin mediar palabra.

Aquella misma tarde prepararon todo. Había una funeraria cerca del pueblo y Alexander, junto con su padre, hicieron los trámites correspondientes.

-Cuánto lo lamento, Lidia- dijo Olivia, la madre de Alexander, quién se quedó con ella, mientras su hijo y su esposo estaban fuera, encargándose de todo.

-Jamás pensé que esto sucedería así. No debí de haberlo dejado ir-.

-Fue un accidente, no te culpes-.

-Es el destino, sólo eso. Lo que más lamento, es que Nai jamás lo olvidará-.

-No fue un buen día-.

-No, no lo fue-.

-Hablando de Nai, ¿dónde está?-.

-Debe de estar en su habitación. Creo que lo mejor, es dejarla sola hasta mañana-.

-Tienes razón-.

Arriba, estaba Nai. Las lágrimas salían de sus ojos a cantidades irrevocables, el dolor tachoneaba su alma y Valdín lo observaba todo. La chica tomó un bolso, puso ropa para algunos días, galletas, agua, jugo y salió por la ventana de su habitación como una fugitiva.

-¿Crees que esto merece la pena escapar?- escuchó Nai al pisar tierra.

-No estoy escapando, bobo. Sólo déjame en paz. Si mi madre pregunta, dile que estoy en la casa del árbol y que no quiero que me molesten. Aún así, deje una nota en mi habitación- dijo ella en tono seco, como si toda emoción se le hubiese escapado.

-Está bien, yo le digo. Lo siento, de verdad, Nai-.

-Déjalo Alex, ya pasó- dijo retomando el paso hacia su destino.

-¿Nai?- dijo Alex deteniéndola del brazo.

-Sí, dime-.

-Te quiero, bola de fuego-.

-Y yo a ti, aceituna- dijo ella, dándole un beso en los labios y despidiéndose.

-¿Cuándo se los diremos?- preguntó él bajando la mirada.

-Cuando regrese- dijo ella, con una sonrisa desanimada.

Nai retomó su destino, y Alex la miró triste, mientras veía al amor de su vida alejarse tan fácilmente de él. Ojala hubiese sabido que sería para siempre y no la hubiera dejado ir.

Caminó por el bosque, con una linterna en la mano y cuidando que nadie la viera. Cuando llegó a la cabaña subió las escaleras a toda prisa, botó sus cosas en el suelo y se acobijó bajo las mantas de su cama, recordando el primer día en que su padre la había llevado a aquel lugar. Las lágrimas fluyeron en un desesperado ruego, por ser consolada y se quedó dormida, sola, llorando.

A la mañana siguiente Nai despertó y fue al lago que se veía desde la ventana de la casa del árbol. Era un lindo otoño, aunque para ella, todo ahora perdiese la gracia. Se quitó la ropa, y se metió a nadar por un rato, para despejar la mente. Pronto, comenzó a sentir hambre, así que regresó nuevamente a la pequeña cabaña y comenzó a comer, mirando la mañana resplandecer.

Cuando hubo terminado, Naiara fue de nuevo a la cama y se cubrió con las mantas, dejando fluir de nuevo el llanto, aquella marca, jamás sanaría, o al menos, eso creía. Se durmió nuevamente, y cuando despertó miró hacia su viejo escritorio. Ahí estaba, su caja de música. Aquella que con tanto anhelo había deseado, aquella que le daba tanto temor.

-Quizás, solo quizás debería abrirla- se dijo a sí misma, pensando en que si algo volvía a pasar, su padre ya no estaría para salvarla.

Naiara salió de entre las mantas y se dirigió hacia su vieja mesa, tomó la caja de música y entonces la observó con detenimiento. Era una pieza hermosa, era de color crema y tenía flores cafés y rosas dibujadas con gran detalle. Era completamente perfecta y en medio, tenía un broche; ese broche era un corazón.

El miedo azoró sus pensamientos, tomó valentía de donde pudo y sentada en la cama, abrió la caja.

De pronto, la música comenzó a surgir como viento emanando de un risco sin salida. La única forma de salir de aquello, era enfrentándolo. El cielo se nublo de nuevo, todo se volvió oscuro y aquella silueta humana, comenzó a formarse. La madera incoó a rechinar, con crujidos ensordecedores que agitaban los latidos de Nai. La sombra parpadeaba con destellos de luz titilantes y tomaba forma de manera extravagante. Nai se arrinconó en la esquina de su cama y recogió sus piernas con temor de todo. La música sonaba y se grababa en su memoria, cuan polvo palpitante de estrella fugaz. Todo estaba escrito y su rostro comenzaba a aparecer.

La luz irradiaba alrededor de aquel ser, comenzaban a vislumbrarse las primeras señales de vida. Su pecho se agitaba a cada respiro, sus ojos de mar la miraban suplicante, esperando que se desvaneciera aquella melodía peligrosa; cada rayo de luz se desvanecía con el miedo de Nai, pero pronto esto dejo de ser así. Fue como un déjà vu el sentir esa paz interior, palpitar en su corazón, aún cuando el temor la hacía presa; Nai dejo la caja en la cama, soltando sus melódicas notas, y se fue acercando a aquella forma humana y ésta destellando cada vez más.

Ambos se miraron, y ella supo que nada sería igual. Se acercó hasta quedar frente a él, observando su angelical mirada que la inundaba de curiosidad. Lo miró con ternura y con una sonrisa, acarició su rostro. De pronto, todo volvió a la normalidad, solo que ahora, él estaba ahí.

Naiara dio un respingo y retrocedió unos pasos al ver la hermosura de aquel rostro. Era simplemente perfecto.
-¿¡Pero qué hiciste!?- preguntó Valdín enfurecido.

-Yo… sólo… ¿quién eres?-.

-Naiara… ¡haz cometido el peor de los errores! ¿No te das cuenta de ello?- dijo él dando media vuelta y dejando sus alas a la vista, hecho que provocó la sorpresa de Naiara.

-Son… tú… eres…- dijo, recordando aquel momento en el que su padre le dijo que los ángeles eran como el aire. Él le había mentido. No, el no mintió, sólo no lo sabía.

-Adelante, dilo- dijo él con tono de fastidio.

-¿Por qué demonios estás tan enojado? ¡No te he hecho nada!- .

-¿Nada? ¿¡Esto es nada!?- dio una pausa y se recargó en la pared, dándole un golpe de coraje-¿Sabes todos los problemas que “nada” me traerá?- preguntó mirándola a los ojos.

-¿Problemas? ¡Pero si sólo eres un ángel!- .

-Y los ángeles no se deben ver. Pero olvídalo, a ti ¿qué más te da?- dijo enojado sentándose a su lado en la cama. Naiara miró sus manos y tomó una de ellas.

-No sé quién eres, ni cómo hice que la caja te trajera hasta a mí, pero conmigo, tu secreto está a salvo. Te lo prometo- dijo buscando su mirada, en un desesperado anhelo de perdón. El chico bajó la mirada y miró sus manos entrelazadas.

-Pensé que esta sensación sería diferente- suspiró y luego la miró a los ojos-Confío en ti y en que éste será nuestro secreto- dijo finalmente, sonriéndole.

-Mi nombre es Naiara-.

-Lo sé, he estado toda tu vida contigo- dijo con una sonrisa-Mi nombre, es Valdín y yo soy tu ángel guardián-.

El tiempo transcurrió, ligero como agua fría en el atardecer de un manantial. Aquella tarde, Naiara olvidaba el dolor de su corazón, el cual se difuminaba con la compañía de aquel ser extraordinario. Caminaron por el bosque, recordando momentos que ambos sabían que existían. Él lo sabía todo de Naiara y ella descubría que era el único motivo por el que él vivía.

-¿Por qué cuando cerré la caja de música no desapareciste?-.

-Porque simplemente quise quedarme-.

Naiara sonrió mientras caminaba, pateando los guijarros del camino. El atardecer se aproximó, junto con la hora de volver.

-Siempre estoy contigo, eso recuérdalo- dijo él acariciándole el rostro.

-De acuerdo- dijo Naiara sonriente, mientras observaba como se desvanecía entre los rayos del sol que iluminaban el interior de la casa del árbol.

El tiempo fue pasando y cada tarde, Naiara acudía a su cita en la pequeña cabaña. Las horas pasaban corriendo, y ella se enamoraba de Valdín sin darse cuenta; por otro lado, estaba Alex, quién al volver solo lo miró y paso de largo.

-¿Qué pasa?- preguntó él después de un tiempo.

-Esto, no está funcionando Alexander. Déjalo como está ahora, a menos que quieras lamentarte el resto de tus días- respondió ella con frialdad.

-¿Por qué actúas de esa manera? Eres otra desde aquel día, en verdad no te…-.

-Deja de decir “aquel día”, ¡murió mi padre, genio! Eso es lo que pasó. Si te gusta o no, eso dejó de importarme hace tiempo- dijo ella interrumpiendo al chico en tono desafiante –Ahora ¡quítate! ¿no te das cuenta que interrumpes mi camino?

-------------------------------------

-¿¡Es qué a caso no te das cuenta del error que acabas de cometer!?-.

-Jefe, no quiero ser irrespetuoso, pero sinceramente, no encuentro el error de que ella me vea- replicó Valdín con justos motivos, ya que realmente, no lo entendía.

-Valdín, siéntate hijo- dijo aquel ser supremo con poderosas alas y sabiduría resplandeciente. Valdín tomó asiento y entonces miró con valentía aquellos ojos grises, que parecían opacados por el paso de los siglos.-Hay una simple razón por la que la dulce Naiara no puede verte…-.

-¿Ah, sí? ¿Y cuál es? Porque hasta el momento no me ha quedado claro- interrumpió el chico desesperado.

-Hace muchos años, cuando los primeros de nuestro mundo, comenzaron a poblarlo, nos dimos cuenta de que los mortales, solo podrían entrar a nuestro mundo, el día en que pudieran vernos. Nosotros les brindamos protección durante toda su vida, nos enamoramos de nuestro protegido y lo amamos como a nadie en cualquier vida. Es la única persona que nos está destinada a estar con nosotros, hasta llegar a este mundo divino- aquel ser supremo tomó un poco de aliento y continuó-Valdín, sé lo mucho que amas a Naiara, sé que lo significa todo para ti, pero sabes que ha llegado el momento-.

-¿El momento de qué?- preguntó confundido Valdín.

El hombre lo miró a los ojos y asintió con la cabeza:

-Hazlo- ordenó

La mañana era pura y límpida. Naiara ponía un poco de aceite en sus labios y avanzaba a paso sigiloso por la casa. Hacía apenas un año que había conocido a Valdín.

Aquel día, decidió dejar su cabello suelto, cayendo por su espalda y desprendiendo un aroma etéreo a flores frescas. Llevaba una cinta color rosa, que hacía juego con el vestido que había decidido usar para aquella fecha especial.

Pasaron las horas, mientras ella anhelaba el encuentro. De pronto, Alex entró a la casa y la miró tan hermosa, tan natural.

-Hoy te ves…-

-No empieces aceituna-

-Hace mucho que no me llamabas así-

-De acuerdo, será la última vez que lo haga- dijo ella finalmente con una sonrisa divertida, en tono de broma, mientras salía de su casa rumbo al punto de encuentro.

Pronto hubo llegado a la casa del árbol y cuando estuvo dentro, abrió la caja de música. Esperó un poco, pero no apareció nada.

-Tal vez, es una broma- dijo sonriente la chica mientras jugaba con uno de sus rizos de fuego –Valdín, es suficiente, puedes salir- dijo ella, abriendo nuevamente la caja de música; pero no tenía sentido. Nada pasaba.

La desesperación y la intriga tomaron presa a Naiara, quién comenzaba a sentir un nudo en la garganta.

Espero dos horas, pero todo fue en vano. Entonces, comenzó a llorar.

-¿Escuchas su llanto de cristal, resonar en las estancias de aquella vieja casa del árbol?- preguntó el ser supremo, mientras Valdín se miraba al espejo –Ahora, desaparece- Valdín obedeció y dejó que la invisibilidad de su existencia se revelara “Si tan sólo pudiera evitar su sufrimiento” pensaba el chico, mientras aquel ser supremo lo dejaba a la deriva de la voluntad
Nai bajó las escaleras con cuidado. Sentía que aquellas horas habían sido como años, en los que no lo hubiera podido ver, y con la esperanza tardía de un reencuentro susurró al viento.

-Cómo te extraño Valdín-

-Difícil historia nos tocó vivir Nai- dijo él mientras alzaba el vuelo, siguiendo el plan.

Ella supo que era él. Valdín estaba ahí. Corrió tras el rugir de sus alas al batir, con una falsa esperanza de que todo volviera a ser como antes. Corrió sin perjuicios a la deriva, hasta llegar a su propio hogar.

-¡Nai!- dijo Alex mientras se acercaba a ella -¿Qué tienes? Estás pálida-

Ella no respondió. Sólo tenía ojos para Valdín.

-¿Qué miras? ¿Nai, hija?- preguntó su madre, tratando de buscar la dirección de su mirada, pero no hubo respuesta.
Valdín descendió lentamente, hasta ocultar sus alas y quedar frente a ella. Naiara sonrió y se sumergió en su mirada azul.

-Te amo- fue lo último que escucho, antes de sentir sus labios encontrarse con los de él y sumergirse en aquel mar de emociones que la llevarían al mundo de aquel ser supremo.

-Mi mundo Nai-.

Esta publicación se difunde bajo la tutela de la GPL, la cual puede encontrarse en http://www.gnu.org/licenses/licenses.es.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario