jueves, 15 de diciembre de 2011

El corazón dice...


-"Mírate, pero tan solo mírate... descúbrete a ti misma, descubre el pensamiento perdido, robado por aquella persona.
Mírate, pero tan sólo mírate... date cuenta en tu reflejo, fija tu mirada en tus propios ojos y descubre que es lo que pasa por tu mente...
Mírate, pero tan sólo mírate... date cuenta que has perdido, que has quedado prisionera ante aquella sensación placentera..."

-"¿Sensación placentera?"

-"Si"

-"¿Cómo? ¿Cuál? ¿De qué hablas?"

-"Hablo de ti; de ti cada mañana cuando despiertas con la ilusión de verle una vez más; de cada suspiro derramado en tu habitación; de cada sonrisa fugaz, aquellas que sueltas orgullosa, porque has encontrado a alguien que ha logrado hacerte sonreír; hablo de ti, cuando le extrañas; hablo de ti, dulce prisionera sin salida; hablo de cada minuto de angustia, de cada momento de inseguridad; hablo de ti con esa insistencia necia de hacerme latir como vil loco, como un esclavo; hablo de ti por todo lo que me haces sentir, por lo que él te hace sentir..."

-"¿Eso es malo?"

-"Para nada, me has devuelto la vida"

-"Te equivocas"

-"¿Por qué?"

-"Porque no he sido yo quien te ha devuelto la vida... ha sido él"

martes, 26 de julio de 2011

El último libro del mundo

El veinticinco de enero del año dos mil once, Librerías Gandhi lanzó una pregunta: Si el mundo se acabara pronto,
¿Qué querrías inmortalizar?
¿Qué diría e último libro del mundo?
Este libro, el "último del mundo", es el resultado de algunos de esos testimonios que fueron parte de dicha ficción.
Adentro hay historias, reflexiones y anécdotas escritas por personas que como tú, viven, vivieron y vivirán.
Es un libro que celebra todo lo que somos, todo lo que fuimos: Seres Humanos.
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Yo estuve en el último libro del mundo :)

El cuento de la isla desconocida

Un suceso histórico, la intención de un noble portugués de ser autorizado por el Rey para utilizar una de sus carabelas en la búsqueda de la isla desconocida, le sirve al autor de pretexto para realizar una fábula descarnada del hombre moderno.

Sometido a la burocracia, la arbitrariedad, el poder y el desprecio, el protagonista sabe que para encontrar su propia identidad su vida debe transcurrir entre la realidad y el sueño. Esta es la historia de dos valientes que en un mundo de cobardes se las arreglan para buscarse, encontrarse y finalmente amarse el uno al otro.

He aquí la historia:

Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear de la aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio, escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende), daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que quería el impetrante, que no había manera de que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo en quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones y preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres. El suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía lo que tenía que pedir, después se instalaba en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento hiciese, de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.

Sin embargo, en el caso del hombre que quería un barco, las cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la limpieza le preguntó por el resquicio de la puerta, Y tú qué quieres, el hombre, en vez de pedir, como era la costumbre de todos, un título, una condecoración, o simplemente dinero, respondió. Quiero hablar con el rey, Ya sabes que el rey no puede venir, está en la puerta de los obsequios, respondió la mujer, Pues entonces ve y dile que no me iré de aquí hasta que él venga personalmente para saber lo que quiero, remató el hombre, y se tumbó todo lo largo que era en el rellano, tapándose con una manta porque hacía frío. Entrar y salir sólo pasándole por encima. Ahora, bien, esto suponía un enorme problema, si tenemos en consideración que, de acuerdo con la pragmática de las puertas, sólo se puede atender a un suplicante cada vez, de donde resulta que mientras haya alguien esperando una respuesta, ninguna otra persona podrá aproximarse para exponer sus necesidades o sus ambiciones. A primera vista, quien ganaba con este artículo del reglamento era el rey, puesto que al ser menos numerosa la gente que venía a incomodarlo con lamentos, más tiempo tenía, y más sosiego, para recibir, contemplar y guardar los obsequios. A segunda vista, sin embargo, el rey perdía, y mucho, porque las protestas públicas, al notarse que la respuesta tardaba más de lo que era justo, aumentaban gravemente el descontento social, lo que, a su vez, tenía inmediatas y negativas consecuencias en el flujo de obsequios. En el caso que estamos narrando, el resultado de la ponderación entre los beneficios y los perjuicios fue que el rey, al cabo de tres días, y en real persona, se acercó a la puerta de las peticiones, para saber lo que quería el entrometido que se había negado a encaminar el requerimiento por las pertinentes vías burocráticas. Abre la puerta, dijo el rey a la mujer de la limpieza, y ella preguntó, Toda o sólo un poco.

El rey dudó durante un instante, verdaderamente no le gustaba mucho exponerse a los aires de la calle, pero después reflexionó que parecería mal, aparte de ser indigno de su majestad, hablar con un súbdito a través de una rendija, como si le tuviese miedo, sobre todo asistiendo al coloquio la mujer de la limpieza, que luego iría por ahí diciendo Dios sabe qué, De par en par, ordenó. El hombre que quería un barco se levantó del suelo cuando comenzó a oír los ruidos de los cerrojos, enrolló la manta y se puso a esperar. Estas señales de que finalmente alguien atendería y que por tanto el lugar pronto quedaría desocupado, hicieron aproximarse a la puerta a unos cuantos aspirantes a la liberalidad del trono que andaban por allí, prontos para asaltar el puesto apenas quedase vacío. La inopinada aparición del rey (nunca una tal cosa había sucedido desde que usaba corona en la cabeza) causó una sorpresa desmedida, no sólo a los dichos candidatos, sino también entre la vecindad que, atraída por el alborozo repentino, se asomó a las ventanas de las casas, en el otro lado de la calle. La única persona que no se sorprendió fue el hombre que vino a pedir un barco. Calculaba él, y acertó en la previsión, que el rey, aunque tardase tres días, acabaría sintiendo la curiosidad de ver la cara de quien, nada más y nada menos, con notable atrevimiento, lo había mandado llamar. Dividido entre la curiosidad irreprimible y el desagrado de ver tantas personas juntas, el rey, con el peor de los modos, preguntó tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por qué no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada más que hacer, pero el hombre sólo respondió a la primera pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó al rey hasta tal punto desconcertado que la mujer de la limpieza se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en que ella se sentaba cuando necesitaba trabajar con el hilo y la aguja, pues, además de la limpieza, tenía también la responsabilidad de algunas tareas menores de costura en el palacio, como zurcir las medias de los pajes. Mal sentado, porque la silla de enea era mucho más baja que el trono, el rey buscaba la mejor manera de acomodar las piernas, ora encogiéndolas, ora extendiéndolas para los lados, mientras el hombre que quería un barco esperaba con paciencia la pregunta que seguiría, Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo, Soy el rey de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir, preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te pido marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas, También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco, Darás. Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en quienes, minuto tras minuto, desde el principio de la conversación iba creciendo la impaciencia, más por librarse de él que por simpatía solidaria, resolvieron intervenir en favor del hombre que quería el barco, comenzando a gritar. Dale el barco, dale el barco. El rey abrió la boca para decirle a la mujer de la limpieza que llamara a la guardia del palacio para que estableciera inmediatamente el orden público e impusiera disciplina, pero, en ese momento, las vecinas que asistían a la escena desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo, gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco. Ante tan ineludible manifestación de voluntad popular y preocupado con lo que, mientras tanto, habría perdido en la puerta de los obsequios, el rey levantó la mano derecha imponiendo silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la tripulación tendrás que conseguirla tú, mis marineros me son precisos para las islas conocidas. Los gritos de aplauso del público no dejaron que se percibiese el agradecimiento del hombre que vino a pedir un barco, por el movimiento de los labios tanto podría haber dicho Gracias, mi señor, como Ya me las arreglaré, pero lo que nítidamente se oyó fue lo que a continuación dijo el rey, Vas al muelle, preguntas por el capitán del puerto, le dices que te mando yo, y él que te dé el barco, llevas mi tarjeta. El hombre que iba a recibir un barco leyó la tarjeta de visita, donde decía Rey debajo del nombre del rey, y eran éstas las palabras que él había escrito sobre el hombro de la mujer de la limpieza, Entrega al portador un barco, no es necesario que sea grande, pero que navegue bien y sea seguro, no quiero tener remordimientos en la conciencia si las cosas ocurren mal. Cuando el hombre levantó la cabeza, se supone que esta vez iría a agradecer la dádiva, el rey ya se había retirado, sólo estaba la mujer de la limpieza mirándolo con cara de circunstancias. El hombre bajó del peldaño de la puerta, señal de que los otros candidatos podían avanzar por fin, superfluo será explicar que la confusión fue indescriptible, todos queriendo llegar al sitio en primer lugar, pero con tan mala suerte que la puerta ya estaba cerrada otra vez. La aldaba de bronce volvió a llamar a la mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está, dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta, la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es, lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara de circunstancias con que la mujer de la limpieza estuvo mirando, ya que, en ese preciso momento, había tomado la decisión de seguir al hombre así que él se dirigiera al puerto para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba de una vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado la hora de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era su vocación verdadera, al menos en el mar el agua no le faltaría. No imagina el hombre que, sin haber comenzado a reclutar la tripulación, ya lleva detrás a la futura responsable de los baldeos y otras limpiezas, también es de este modo como el destino acostumbra a comportarse con nosotros, ya está pisándonos los talones, ya extendió la mano para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver, todo es igual.

Andando, andando, el hombre llegó al puerto, fue al muelle, preguntó por el capitán, y mientras venía, se puso a adivinar cuál sería, de entre los barcos que allí estaban, el que iría a ser suyo, grande ya sabía que no, la tarjeta de visita del rey era muy clara en este punto, por consiguiente quedaban descartados los paquebotes, los cargueros y los navíos de guerra, tampoco podría ser tan pequeño que aguantase mal las fuerzas del viento y los rigores del mar, en este punto también había sido categórico el rey, que navegue bien y sea seguro, fueron éstas sus formales palabras, excluyendo así explícitamente los botes, las falúas y las chalupas, que siendo buenos navegantes, y seguros, cada uno conforme a su condición, no nacieron para surcar los océanos, que es donde se encuentran las islas desconocidas. Un poco apartada de allí, escondida detrás de unos bidones, la mujer de la limpieza pasó los ojos por los barcos atracados, Para mi gusto, aquél, pensó, aunque su opinión no contaba, ni siquiera había sido contratada, vamos a oír antes lo que dirá el capitán del puerto. El capitán vino, leyó la tarjeta, miró al hombre de arriba abajo y le hizo la pregunta que al rey no se le había ocurrido, Sabes navegar, tienes carnet de navegación, a lo que el hombre respondió, Aprenderé en el mar. El capitán dijo, No te lo aconsejaría, capitán soy yo, y no me atrevo con cualquier barco, Dame entonces uno con el que pueda atreverme, no, uno de ésos no, dame un barco que yo respete y que pueda respetarme a mí, Ese lenguaje es de marinero, pero tú no eres marinero, Si tengo el lenguaje, es como si lo fuese. El capitán volvió a leer la tarjeta del rey, después preguntó, Puedes decirme para qué quieres el barco, Para ir en busca de la isla desconocida, Ya no hay islas desconocidas, Lo mismo me dijo el rey, Lo que él sabe de islas lo aprendió conmigo, Es extraño que tú, siendo hombre de mar, me digas eso, que ya no hay islas desconocidas, hombre de tierra soy yo, y no ignoro que todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas, Pero tú, si bien entiendo, vas a la búsqueda de una donde nadie haya desembarcado nunca, Lo sabré cuando llegue, Si llegas, Sí, a veces se naufraga en el camino, pero si tal me ocurre, deberás escribir en los anales del puerto que el punto adonde llegué fue ése, Quieres decir que llegar, se llega siempre, No serías quien eres si no lo supieses ya. El capitán del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te conviene. Cuál, Es un barco con mucha experiencia, todavía del tiempo en que toda la gente andaba buscando islas desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontró algunas, Cuál, Aquél. Así que la mujer de la limpieza percibió para dónde apuntaba el capitán, salió corriendo de detrás de los bidones y gritó, Es mi barco, es mi barco, hay que perdonarle la insólita reivindicación de propiedad, a todo título abusiva, el barco era aquel que le había gustado, simplemente. Parece una carabela, dijo el hombre, Más o menos, concordó el capitán, en su origen era una carabela, después pasó por arreglos y adaptaciones que la modificaron un poco, Pero continúa siendo una carabela, Sí, en el conjunto conserva el antiguo aire, Y tiene mástiles y velas, Cuando se va en busca de islas desconocidas, es lo más recomendable. La mujer de la limpieza no se contuvo, Para mí no quiero otro, Quién eres tú, preguntó el hombre, No te acuerdas de mí, No tengo idea, Soy la mujer de la limpieza, Qué limpieza, La del palacio del rey, La que abría la puerta de las peticiones, No había otra, Y por qué no estás en el palacio del rey, limpiando y abriendo puertas, Porque las puertas que yo quería ya fueron abiertas y porque de hoy en adelante sólo limpiaré barcos, Entonces estás decidida a ir conmigo en busca de la isla desconocida, Salí del palacio por la puerta de las decisiones, Siendo así, ve para la carabela, mira cómo está aquello, después del tiempo pasado debe precisar de un buen lavado, y ten cuidado con las gaviotas, que no son de fiar, No quieres venir conmigo a conocer tu barco por dentro, Dijiste que era tuyo, Disculpa, fue sólo porque me gustó, Gustar es probablemente la mejor manera de tener, tener debe de ser la peor manera de gustar. El capitán del puerto interrumpió la conversación, Tengo que entregar las llaves al dueño del barco, a uno o a otro, resuélvanlo, a mí tanto me da, Los barcos tienen llave, preguntó el hombre, Para entrar, no, pero allí están las bodegas y los pañoles, y el camarote del comandante con el diario de a bordo, Ella que se encargue de todo, yo voy a reclutar la tripulación, dijo el hombre, y se apartó.

La mujer de la limpieza fue a la oficina del capitán para recoger las llaves, después entró en el barco, dos cosas le valieron, la escoba del palacio y el aviso contra las gaviotas, todavía no había acabado de atravesar la pasarela que unía la amurada al atracadero y ya las malvadas se precipitaban sobre ella gritando, furiosas, con las fauces abiertas, como si la fueran a devorar allí mismo. No sabían con quién se enfrentaban. La mujer de la limpieza posó el cubo, se guardó las llaves en el seno, plantó bien los pies en la pasarela y, remolineando la escoba como si fuese un espadón de los buenos tiempos, consiguió poner en desbandada a la cuadrilla asesina. Sólo cuando entró en el barco comprendió la ira de las gaviotas, había nidos por todas partes, muchos de ellos abandonados, otros todavía con huevos, y unos pocos con gaviotillas de pico abierto, a la espera de comida, Pues sí, pero será mejor que se muden de aquí, un barco que va en busca de la isla desconocida no puede tener este aspecto, como si fuera un gallinero, dijo. Tiró al agua los nidos vacíos, los otros los dejó, luego veremos. Después se remangó las mangas y se puso a lavar la cubierta. Cuando acabó la dura tarea, abrió el pañol de las velas y procedió a un examen minucioso del estado de las costuras, tanto tiempo sin ir al mar y sin haber soportado los estirones saludables del viento. Las velas son los músculos del barco, basta ver cómo se hinchan cuando se esfuerzan, pero, y eso mismo les sucede a los músculos, si no se les da uso regularmente, se aflojan, se ablandan, pierden nervio. Y las costuras son los nervios de las velas, pensó la mujer de la limpieza, contenta por aprender tan de prisa el arte de la marinería. Encontró deshilachadas algunas bastillas, pero se conformó con señalarlas, dado que para este trabajo no le servían la aguja y el hilo con que zurcía las medias de los pajes antiguamente, o sea, ayer. En cuanto a los otros pañoles, enseguida vio que estaban vacíos. Que el de la pólvora estuviese desabastecido, salvo un polvillo negro en el fondo, que al principio le parecieron cagaditas de ratón, no le importó nada, de hecho no está escrito en ninguna ley, por lo menos hasta donde la sabiduría de una mujer de la limpieza es capaz de alcanzar, que ir por una isla desconocida tenga que ser forzosamente una empresa de guerra. Ya le enfadó, y mucho, la falta absoluta de municiones de boca en el pañol respectivo, no por ella, que estaba de sobra acostumbrada al mal rancho del palacio, sino por el hombre al que dieron este barco, no tarda que el sol se ponga, y él aparecerá por ahí clamando que tiene hambre, que es el dicho de todos los hombres apenas entran en casa, como si sólo ellos tuviesen estómago y sufriesen de la necesidad de llenarlo, Y si trae marineros para la tripulación, que son unos ogros comiendo, entonces no sé cómo nos vamos a gobernar, dijo la mujer de la limpieza.

No merecía la pena preocuparse tanto. El sol acababa de sumirse en el océano cuando el hombre que tenía un barco surgió en el extremo del muelle. Traía un bulto en la mano, pero venía solo y cabizbajo. La mujer de la limpieza fue a esperarlo a la pasarela, antes de que abriera la boca para enterarse de cómo había transcurrido el resto del día, él dijo, Estate tranquila, traigo comida para los dos, Y los marineros, preguntó ella, Como puedes ver, no vino ninguno, Pero los dejaste apalabrados, al menos, volvió a preguntar ella, Me dijeron que ya no hay islas desconocidas, y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar el sosiego de sus lares y la buena vida de los barcos de línea para meterse en aventuras oceánicas, a la búsqueda de un imposible, como si todavía estuviéramos en el tiempo del mar tenebroso, Y tú qué les respondiste, Que el mar es siempre tenebroso, Y no les hablaste de la isla desconocida, Cómo podría hablarles de una isla desconocida, si no la conozco, Pero tienes la certeza de que existe, Tanta como de que el mar es tenebroso, En este momento, visto desde aquí, con las aguas color de jade y el cielo como un incendio, de tenebroso no le encuentro nada, Es una ilusión tuya, también las islas a veces parece que fluctúan sobre las aguas y no es verdad, Qué piensas hacer, si te falta una tripulación, Todavía no lo sé, Podríamos quedarnos a vivir aquí, yo me ofrecería para lavar los barcos que vienen al muelle, y tú, Y yo, Tendrás un oficio, una profesión, como ahora se dice, Tengo, tuve, tendré si fuera preciso, pero quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella, No lo sabes, Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual. El incendio del cielo iba languideciendo, el agua de repente adquirió un color morado, ahora ni la mujer de la limpieza dudaría que el mar es de verdad tenebroso, por lo menos a ciertas horas.

Dijo el hombre, Dejemos las filosofías para el filósofo del rey, que para eso le pagan, ahora vamos a comer, pero la mujer no estuvo de acuerdo, Primero tienes que ver tu barco, sólo lo conoces por fuera. Qué tal lo encontraste, Hay algunas costuras de las velas que necesitan refuerzo, Bajaste a la bodega, encontraste agua abierta, En el fondo hay alguna, mezclada con el lastre, pero eso me parece que es lo apropiado, le hace bien al barco, Cómo aprendiste esas cosas, Así, Así cómo, Como tú, cuando dijiste al capitán del puerto que aprenderías a navegar en la mar, Todavía no estamos en el mar, Pero ya estamos en el agua, Siempre tuve la idea de que para la navegación sólo hay dos maestros verdaderos, uno es el mar, el otro es el barco, Y el cielo, te olvidas del cielo, Sí, claro, el cielo, Los vientos, Las nubes, El cielo, Sí, el cielo.

En menos de un cuarto de hora habían acabado la vuelta por el barco, una carabela, incluso transformada, no da para grandes paseos. Es bonita, dijo el hombre, pero si no consigo tripulantes suficientes para la maniobra, tendré que ir a decirle al rey que ya no la quiero, Te desanimas a la primera contrariedad, La primera contrariedad fue esperar al rey tres días, y no desistí, Si no encuentras marineros que quieran venir, ya nos las arreglaremos los dos, Estás loca, dos personas solas no serían capaces de gobernar un barco de éstos, yo tendría que estar siempre al timón, y tú, ni vale la pena explicarlo, es una locura, Después veremos, ahora vamos a cenar. Subieron al castillo de popa, el hombre todavía protestando contra lo que llamara locura, allí la mujer de la limpieza abrió el fardel que él había traído, un pan, queso curado, de cabra, aceitunas, una botella de vino. La luna ya estaba a medio palmo sobre el mar, las sombras de la verga y del mástil grande vinieron a tumbarse a sus pies. Es realmente bonita nuestra carabela, dijo la mujer, y enmendó enseguida, La tuya, tu carabela, Supongo que no será mía por mucho tiempo, Navegues o no navegues con ella, la carabela es tuya, te la dio el rey, Se la pedí para buscar una isla desconocida, Pero estas cosas no se hacen de un momento para otro, necesitan su tiempo, ya mi abuelo decía que quien va al mar se avía en tierra, y eso que él no era marinero, Sin marineros no podremos navegar, Eso ya lo has dicho, Y hay que abastecer el barco de las mil cosas necesarias para un viaje como éste, que no se sabe adónde nos llevará, Evidentemente, y después tendremos que esperar a que sea la estación apropiada, y salir con marea buena, y que venga gente al puerto a desearnos buen viaje, Te estás riendo de mí, Nunca me reiría de quien me hizo salir por la puerta de las decisiones, Discúlpame, Y no volveré a pasar por ella, suceda lo que suceda. La luz de la luna iluminaba la cara de la mujer de la limpieza, Es bonita, realmente es bonita, pensó el hombre, y esta vez no se refería a la carabela. La mujer, ésa, no pensó nada, lo habría pensado todo durante aquellos tres días, cuando entreabría de vez en cuando la puerta para ver si aquél aún continuaba fuera, a la espera. No sobró ni una miga de pan o de queso, ni una gota de vino, los huesos de las aceitunas fueron a parar al agua, el suelo está tan limpio como quedó cuando la mujer de la limpieza le pasó el último paño. La sirena de un paquebote que se hacía a la mar soltó un ronquido potente, como debieron de ser los del leviatán, y la mujer dijo, Cuando sea nuestra vez, haremos menos ruido. A pesar de que estaban en el interior del muelle, el agua se onduló un poco al paso del paquebote, y el hombre dijo, Pero nos balancearemos mucho más. Se rieron los dos, después se callaron, pasado un rato uno de ellos opinó que lo mejor sería irse a dormir. No es que yo tenga mucho sueño, y el otro concordó, Ni yo, después se callaron otra vez, la luna subió y continuó subiendo, a cierta altura la mujer dijo, Hay literas abajo, y el hombre dijo, Sí, y entonces fue cuando se levantaron y descendieron a la cubierta, ahí la mujer dijo, Hasta mañana, yo voy para este lado, y el hombre respondió, Y yo para éste, hasta mañana, no dijeron babor o estribor, probablemente porque todavía están practicando en las artes. La mujer volvió atrás, Me había olvidado, se sacó del bolsillo dos cabos de velas, Los encontré cuando limpiaba, pero no tengo cerillas, Yo tengo, dijo el hombre. Ella mantuvo las velas, una en cada mano, él encendió un fósforo, después, abrigando la llama bajo la cúpula de los dedos curvados la llevó con todo el cuidado a los viejos pabilos, la luz prendió, creció lentamente como la de la luna, bañó la cara de la mujer de la limpieza, no sería necesario decir que él pensó, Es bonita, pero lo que ella pensó, sí, Se ve que sólo tiene ojos para la isla desconocida, he aquí cómo se equivocan las personas interpretando miradas, sobre todo al principio. Ella le entregó una vela, dijo, Hasta mañana, duerme bien, él quiso decir lo mismo, de otra manera, Que tengas sueños felices, fue la frase que le salió, dentro de nada, cuando esté abajo, acostado en su litera, se le ocurrirán otras frases, más espiritosas, sobre todo más insinuantes, como se espera que sean las de un hombre cuando está a solas con una mujer. Se preguntaba si ella dormiría, si habría tardado en entrar en el sueño, después imaginó que andaba buscándola y no la encontraba en ningún sitio, que estaban perdidos los dos en un barco enorme, el sueño es un prestidigitador hábil, muda las proporciones de las cosas y sus distancias, separa a las personas y ellas están juntas, las reúne, y casi no se ven una a otra, la mujer duerme a pocos metros y él no sabe cómo alcanzarla, con lo fácil que es ir de babor a estribor.

Le había deseado buenos sueños, pero fue él quien se pasó toda la noche soñando. Soñó que su carabela navegaba por alta mar, con las tres velas triangulares gloriosamente hinchadas, abriendo camino sobre las olas, mientras él manejaba la rueda del timón y la tripulación descansaba a la sombra. No entendía cómo estaban allí los marineros que en el puerto y en la ciudad se habían negado a embarcar con él para buscar la isla desconocida, probablemente se arrepintieron de la grosera ironía con que lo trataron. Veía animales esparcidos por la cubierta, patos, conejos, gallinas, lo habitual de la crianza doméstica, comiscando los granos de millo o royendo las hojas de col que un marinero les echaba, no se acordaba de cuándo los habían traído para el barco, fuese como fuese, era natural que estuviesen allí, imaginemos que la isla desconocida es, como tantas veces lo fue en el pasado, una isla desierta, lo mejor será jugar sobre seguro, todos sabemos que abrir la puerta de la conejera y agarrar un conejo por las orejas siempre es más fácil que perseguirlo por montes y valles. Del fondo de la bodega sube ahora un relincho de caballos, de mugidos de bueyes, de rebuznos de asnos, las voces de los nobles animales necesarios para el trabajo pesado, y cómo llegaron ellos, cómo pueden caber en una carabela donde la tripulación humana apenas tiene lugar, de súbito el viento dio una cabriola, la vela mayor se movió y ondeó, detrás estaba lo que antes no se veía, un grupo de mujeres que incluso sin contarlas se adivinaba que eran tantas cuantos los marineros, se ocupan de sus cosas de mujeres, todavía no ha llegado el tiempo de ocuparse de otras, está claro que esto sólo puede ser un sueño, en la vida real nunca se ha viajado así. El hombre del timón buscó con los ojos a la mujer de la limpieza y no la vio. Tal vez esté en la litera de estribor, descansando de la limpieza de la cubierta, pensó, pero fue un pensar fingido, porque bien sabe, aunque tampoco sepa cómo lo sabe, que ella a última hora no quiso venir, que saltó para el embarcadero, diciendo desde allí, Adiós, adiós, ya que sólo tienes ojos para la isla desconocida, me voy, y no era verdad, ahora mismo andan los ojos de él pretendiéndola y no la encuentran. En este momento se cubrió el cielo y comenzó a llover y, habiendo llovido, principiaron a brotar innumerables plantas de las filas de sacos de tierra alineados a lo largo de la amurada, no están allí porque se sospeche que no haya tierra bastante en la isla desconocida, sino porque así se ganará tiempo, el día que lleguemos sólo tendremos que trasplantar los árboles frutales, sembrar los granos de las pequeñas cosechas que van madurando aquí, adornar los jardines con las flores que abrirán de estos capullos. El hombre del timón pregunta a los marineros que descansan en cubierta si avistan alguna isla desconocida, y ellos responden que no ven ni de unas ni de otras, pero que están pensando desembarcar en la primera tierra habitada que aparezca, siempre que haya un puerto donde fondear, una taberna donde beber y una cama donde folgar, que aquí no se puede, con toda esta gente junta. Y la isla desconocida, preguntó el hombre del timón, La isla desconocida es cosa inexistente, no pasa de una idea de tu cabeza, los geógrafos del rey fueron a ver en los mapas y declararon que islas por conocer es cosa que se acabó hace mucho tiempo, Debieron haberse quedado en la ciudad, en lugar de venir a entorpecerme la navegación, Andábamos buscando un lugar mejor para vivir y decidimos aprovechar tu viaje, No son marineros, Nunca lo fuimos, Solo no seré capaz de gobernar el barco, Haber pensado en eso antes de pedírselo al rey, el mar no enseña a navegar. Entonces el hombre del timón vio tierra a lo lejos y quiso pasar adelante, hacer cuenta de que ella era el reflejo de otra tierra, una imagen que hubiese venido del otro lado del mundo por el espacio, pero los hombres que nunca habían sido marineros protestaron, dijeron que era allí mismo donde querían desembarcar, Esta es una isla del mapa, gritaron, te mataremos si no nos llevas. Entonces, por sí misma, la carabela viró la proa en dirección a tierra, entró en el puerto y se encostó a la muralla del embarcadero, Pueden irse, dijo el hombre del timón, acto seguido salieron en orden, primero las mujeres, después los hombres, pero no se fueron solos, se llevaron con ellos los patos, los conejos y las gallinas, se llevaron los bueyes, los asnos y los caballos, y hasta las gaviotas, una tras otra, levantaron el vuelo y se fueron del barco, transportando en el pico a sus gaviotillas, proeza que no habían acometido nunca, pero siempre hay una primera vez. El hombre del timón contempló la desbandada en silencio, no hizo nada para retener a quienes lo abandonaban, al menos le habían dejado los árboles, los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían de la amurada como festones. Debido al atropello de la salida se habían roto y derramado los sacos de tierra, de modo que la cubierta era como un campo labrado y sembrado, sólo falta que caiga un poco más de lluvia para que sea un buen año agrícola. Desde que el viaje a la isla desconocida comenzó, no se ha visto comer al hombre del timón, debe de ser porque está soñando, apenas soñando, y si en el sueño les apeteciese un trozo de pan o una manzana, sería un puro invento, nada más. Las raíces de los árboles están penetrando en el armazón del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, estarían escondidos por ahí y pronto decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de estribor. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma.

Crónica de una muerte anunciada

Anda niña, dinos quién fue. Ella se demoró apenas el tiempo necesario para decir el nombre. Lo busco en las tinieblas, lo encontró a primera vista entre los tantos y tantos hombres confundibles de este mundo y del otro, y lo dejo clavado en la pared con dardo certero, como a una mariposa cuya sentencia estaba escrita desde siempre.

El árbol de las brujas

La Fiesta de las Brujas.
Disimulo. Gatos caminando de puntillas. Sigilo y cautela. Pero, ¿por qué?¿Y para qué? ¡Cómo! ¿Quién? ¡Cuándo! ¿Dónde en verdad empezó todo?

No lo sabéis, ¿no? -Pregunta Carapacho Clavícula Mortajosaurio emergiendo de una pila de hojas bajo el Árbol de las Brujas-. ¡En verdad no lo sabéis!

Bueno -le responde Tom el Esqueleto-, hummm... no.

Fue...¿En Egipto cuatro mil años atrás, en el aniversario de la gran muerte del sol? ¿O un millón de años antes, junto a las hogueras nocturnas de los hombres de las cavernas? ¿O en la Bretaña Druida al son de Sssss-bummm de la guadaña de Samhain? ¿O entre las brujas, en toda Europa..., multitudes de arpías, de hechiceras, magos, demonios, diablos? ¿O sobre los techos de París, cuando criaturas extrañas se convertían en piedra y alumbraban las gárgolas de Notre Dame? ¿O en México, en los cementerios desbordantes de velas encendidas y de muñequitos de caramelo en el Día de los Muertos? ¿O dónde?

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte

La fecha crucial se acerca, cuando cumpla diecisiete años, Harry perderá el encantamiento protector que lo mantiene a salvo.

El anunciado enfrentamiento a muerte con Lord Voldemort es inminente, y la casi imposible misión de encontrar y destruir los restantes horrocruxes es más urgente que nunca.

Ha llegado la hora final, el momento de tomar las decisiones más difíciles. Harry debe de abandonar la calidez y seguridad de La Madriguera para seguir sin miedo ni vacilaciones el inexorable sendero trazado para él.

Consiente de lo mucho que está en juego, sólo dentro de sí mismo encontrará la fuerza necesaria que lo impulse en la vertiginosa carrera para enfrentarse con su destino.

Con un ritmo infernar que corta el aliento, y un final tan emocionante como inesperado, el último libro constituye un broche de oro en el que infinidad de detalles que surgieron en las seis entregas anteriores cobran sentido y tienen una explicación exacta, dejando al lector maravillado ante tan inmensa obra de relojería.

Prueba el acierto con que J.K. Rowling ha sabido concluir la historia de Harry, su cabal y entrañable personaje, es que hasta la fecha Harry Potter y las Reliquias de la Muerte ha superado ampliamente las ventas del libro anterior en los idiomas en que ha sido publicado.

Harry Potter y el misterio del príncipe

Con dieciséis años cumplidos, Harry inicia el sexto curso en Hogwarts en medio de terribles acontecimientos que solan Inglaterra.

Elegido capitán del equipo de Quidditch, los entrenamientos, los exámenes y las chicas ocupan todo su tiempo, pero la tranquilidad dura poco. A pesar de los férreos controles de seguridad que protegen la escuela, dos alumos son brutalmente atacados.

Dumbledore sabe que se acerca el momento, anunciado por la profecía, en que Harry y Voldemort se enfrentarán a muerte: "El único con poder para vencer al Señor Tenebroso se acerca. Uno de los dos debe morir a manos del otro, pues ninguno de los dos podrá vivir mientras siga el otro con vida"

El anciano director solicitará la ayuda de Harry y juntos emprenderán peligrosos viajes para intentar debilitar al enemigo, para lo cual el joven mago contará con la ayuda de un viejo libro de pociones perteneciente a un misterioso Príncipe, alguien que se hace llamar Príncipe Mestizo.

El Arte de Amar

El arte de amar es una obra con la que Erich Fromm ha ayudado a varias generaciones a reflexionar sobre el amor y a responder a algunas preguntas aparentemente sencillas: ¿Qué significa amar? ¿Cómo desprendernos de nosotros mismos para experimentar ese sentimiento? Fromm nos explica que el amor no es solo una relación personal, sino un rasgo de madurez que se manifiesta en diversas formas: amor erótico, amor fraternal, amor filial, amor a uno mismo. Nos dice también que el amor no es algo pasajero y mecánico, como a veces nos induce a creer la sociedad de hoy. Muy al contrario, el amor es un arte, el fruto de un aprendizaje. Por ello, si queremos a aprender a amar debemos actuar como lo haríamos si quisiéramos aprender cualquier otro arte, ya sea la música, la pintura, la carpintería o el arte de la medicina. O, por lo menos, no dedicar nuestra energía a lograr el éxito y el dinero, el prestigio y el poder, sino a cultivar el verdadero arte de amar. El amor intenta entender, convencer, vivificar. Por este motivo, el que ama se transforma constantemente. Capta más, observa más, es más productivo, es más él mismo.

El Principito


Escrita en Prosa. El Principito es una inagotable y profunda obra poética. En este libro Saint-Exupéry hace muchas sugerencias de las que se pueden obtener sustanciales conclusiones. Posicionado en un diminuto asteroide, localizado a miles de kilómetros de la tierra, donde se libran cruentas batallas para sobrevivir-, un angelical niño intenta rescatar las mayores virtudes del ser humano dejadas en el ilvido. Esta obra es un verdadero testimonio de amor y ternura inigualable.

The rubáiyát of a persian Kitten

This is a facsimile of the original 1904 edition of Oliver Herford's clever, illustrated parodu of Omar Khayyám's Rubáiyaát, which tells of the misadventures of an adorable Persian kitten who will surely capture your heart.

Cien años de soledad

Cien años de soledad, convertida en corto tiempo en un clásico de la moderna literatura en castellano, ofrece una aventura de lectura insustituible. Proyectada como una descripción de la vida familiar de la casa donde transcurrió la infancia de García Márquez.

Poco a poco, se convierte en una fabulación mágica, en morada de unos personajes legendarios inscritos en los mitos profundos de la cultura universal. En Macondo conviven lo real y lo cotidiano con lo poético y lo imaginario.

La Historiadora

Durante años, Paul fue incapaz de contarle a su hija la verdad sobre la obsesión que ha guiado su vida. Ahora, entre sus papeles, ella descubre una historia que comenzó con la extraña desaparición del mentor de Pail, el Profesor Rossi. Tras las huellas de su querido maestro, Paul recorrió antiguas bibliotecas en Estambul, monasterios en ruinas en Rumania, remotas aldeas en Bulgaria...

Cuanto más se acerca a Rossi, más se aproximaba también a un misterio que había aterrorizado incluso a los poderosos sultanes otomanos, y que aún hace temblar a los campesinos de Europa del este. Un misterio que ha dejado un rastro sangriento en manuscritos, viejos libros y canciones susurradas al oído.

Para Paul y su hija llegar al final de la búsqueda puede significar un destino mucho peor que la muerte. Porque a cada paso que dan, se convencen más de que él les está esperando. Y en sus corazones, retumba una pregunta angustiosa...

¿Es posible que la tumba de Vlad "El Empalador" esconda algo más que el cuerpo de un asesino legendario?

Platero y yo

Este fue el primer libro que leí. Tenía 7 años, tal vez menos, pero sin duda alguna fue el primero y el que recuerdo con mayor cariño. Platero y yo.

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente, rozándolas apenas,las florecillas rosas, celestes y gualdas. Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal.

María Sabina

Este libro, escrito a partir de las conversaciones que en 1975 mantuvo el autor con María Sabina, constituye el principal y más valioso testimonio biográfico sobre esta mujer de conocimiento mazateca, que ofició la primera velada con hongos sagrados para un occidental: Robert Gordon Wasson.

Álvaro Estrada, convecino de María Sabina y conocedor del mazateco, fue la persona ideal para registrar este testimonio biográfico de la renombrada chamana de la Sierra de Oaxaca. Dado que María Sabina no hablaba castellano, las personas occidentales que la visitaron hubieron de valerse siempre de intérpretes para comunicarse con ella, cosa que dificultaba la redacción de un trabajo biográfico como el presente. Estrada, nacido en Huautla, educado en español en la escuela, y poseedor de una vocación literaria al mismo tiempo, fue la persona idónea para llevar a cabo esta tarea. Espectador de primera línea de los aconteceres que sucedieron en Huautla de Jiménez desde el redescubrimiento del uso sagrado de los hongos por occidentales, y consciente de la relevancia de la figura de María Sabina para el mundo de los académicos, emprendió una serie de conversaciones con ella que dieron como fruto este pequeño libro, que es a la vez una gran joya de sinceridad, sencillez y proximidad. En él Sabina narra su infancia llena de carestía en este pequeño pueblo de Oaxaca, su temprano conocimiento la sabiduría de los hongos, sus matrimonios y el nacimiento de sus hijos, su vocación chamánica y su trabajo como sanadora, el encuentro con R.G. Wasson y lo que aconteció en el pueblo después.

A pesar de ser escrito en 1975, cuenta con varias actualizaciones hasta 1985, año de la muerte de María Sabina. A destacar la nueva traducción al español de los cantos chamánicos de María Sabina, publicados anteriormente en el trabajo María Sabina and her Mazatec mushroom velada, editado por R.G. Wasson, quien a la vez prologa este valioso libro.

La emperatriz de los etéreos

Cuentan que, más allá de los Montes de Hielo, más allá de la Ciudad de Cristal, habita la Emperatriz en un deslumbrante palacio....

Bipa no cree en los cuentos de hadas. No le interesa lo que pueda haber más allá de las Cuevas donde habita su gente. Pero cuando su amigo Aer, fascinado por la leyenda de la mítica Emperatriz, parte en un viaje hacia una muerte segura, Bipa irá a buscarlo, arriesgando su propia vida en un mundo de hielo bañado por la luz de la estrella azul, persiguiendo algo que puede no ser más que una quimera. ¿Existe de veras el Reino Etéreo? ¿Existe algo más allá de la confortable seguridad de las Cuevas? ¿O, por el contrario, no hay más que frío, muerte y oscuridad?

viernes, 15 de julio de 2011

Una mujer...

Una mujer puede soportar todo, una mujer debe aguantar, ser guerrera, ser amante, ser amiga.

Una mujer debe mirar hacia delante cuando se encuentra devastada, cuando no hay más que cenizas por camino.

Una mujer es astuta y sabe (aunque lo niegue) cómo enamorar a un hombre.

Una mujer sabe llorar por obtenr un abrazo, enojarse por obtener un caricia, sonrojarse por obtener una sonrisa. Una mujer sabe ser hombre... Pensar como tal y actuar como tal... eso si.. sólo si le conviene.

jueves, 19 de mayo de 2011

El caballero de la armadura oxidada


El caballero de la armadura oxidada no es un libro... es una experiencia que expande nuestra mente, que nos llega al corazón y alimenta nuestra alma. Sus profundas enseñanzas éticas son de una sencillez y humildad tal que se consiguen interiorizar naturalmente y la riqueza de su prosa nos inunda de belleza.

El protagonista, un caballero deslumbrado por el brillo de su propia armadura, a pesar de ser bueno, generoso y amoroso, no consigue comprender y valorar con profundidad lo que tiene, descuidando "sin querer" las cosas y las personas que le rodean. Su armadura se va oxidando hasta que deja de brillar y cuando se da cuenta, ya no puede quitársela.

Prisionero de sí mismo, emprende entonces un viaje al final del cual, gracias a la ayuda de diversos personajes, logra deshacerse de la armadura que le ha imposibilitado abrirse al mundo. Este libro nos enseña, con un sutil sentido del humor, que debemos liberarnos de las barreras que nos impiden conocernos y amarnos a nosotros mismos para poder ser capaces de dar y recibir amor en abundancia.

La Paradoja


El verdadero fundamento del liderazgo no es el poder, sino la autoridad, que se construye sobre la base de buenas relaciones, amor, servicio y sacrificio.

En esto sencillo relato sobre John Daily, un hombre de negocios que ha fallado en su liderazgo como jefe, esposo y padre, aprende ciertos principios para el liderazgo eficiente que no son nuevos, no son complejos, ni requieren talento especial.

Dirigir consiste, paradójicamente, en servir a los demás. Un buen líder está pendiente de sus subordinados: atiende sus legítimas necesidades, les ayuda a lograr sus metas y aprovecha sus capacidades al máximo.

El mensaje de La Paradoja puede aplicarse a cualquiera en cualquier lugar, razón por la cual ha tocado las vidas de tantas personas. Si quiere conocer las virtudes que llevan al éxito duradero y significativo, lo debe leer.

viernes, 29 de abril de 2011

Apocalipstick


Este nuevo libro de crónicas en torno a la megaciudad de México, parte de acontecimientos importantes ocurridos durante los últimos nueve años, entre ellos el gran plantón postelectoral de 2006, la politización de los chilangos que contrasta significativamente con la apatía y la mansedumbre de gran parte de la ciudadanía del interior del país que se expresa en las manifestaciones, marchas, plantones y demás protestas callejeras. A pesar de la realidad tan dura que aborda este libro, Monsiváis convierte su lectura en una divertida y, en todo momento, profunda catarsis, que tendrán que agradecer los lectores cuyo karma hizo que les tocara vivir aquí, en la más azotada.

viernes, 8 de abril de 2011

A mitad de la noche

A mitad de la noche siento ese vacio dentro de mí, en lo más profundo de mi alma, en lo más solitario de mi ser.

A mitad de la noche, busco tus palabras y acepto rendida tu ausencia.

A mitad de la noche, despierto entre lagrimas y se que algún día lo lograré.

A mitad de la noche, me robas el sueño y creces mi inspiración.

A mitad de la noche yo te pienso, yo "te siento" y más bien te imagino.

A mitad de la noche, me da por sincerarme y querer decirte lo que ya sabes.

A mitad de la noche, cuando todos desconocen y sólo en el último segundo antes de sumergirse en un profundo sueño, somos nosotros mismos, deseando lo mismo, sufriendo esta angustia que silenciosamente acalla la realidad, sintiendo esta necesidad del otro, de sus palabras, de un hombro en el cual llorar.

A mitad de la noche, yo sólo me preguntó cómo es que todo esto comenzó y cómo es que todo esto irá a terminar.

viernes, 4 de marzo de 2011

Catundra

La cabaña estaba en tan malas condiciones que ninguna de las criaturas del bosque hubiera vivido en tal sitio. Ninguna, excepto una arrapieza gata gorda llamada Catundra. Ella vivía allí porque era el único lugar en donde podía ocultarse de los otros animales que se burlaban y reían de ella.

Como verás, Catundra siempre había sido rechoncha; de hecho, se podría decir que era gorda.

Desde el amanecer hasta el anochecer, siempre que las otras criaturas del bosque pasaban por la vieja cabaña, riéndose, le gritaban: "¡Catundra es una gata gorda, gorda!", otras veces se mofaban de ella diciendo: "Más vale que huyamos porque la gorda de Catundra puede tropezar y caer sobre nosotros!" Entonces, después de repetir sus molestos comentarios, se internaban en el bosque entre carcajadas.

La pobre Catundra se apenaba tanto después de estos insultos que deseaba hacer algo para olvidar lo que le habían dicho y por eso comía más y más. Mientras más comía se ponía un poquito más gorda, lo que hacía que se sintiera peor y comiera más todavía.

Todos los días pasaba lo mismo, hasta que Catundra se puso tan gorda que apenas si podía caminar.

Sucedió un día que Catundra ya no pudo encontrar nada para comer. Buscó en su lugar favorito para atrapar ratones pero todos se habían ido. Se acercó al arroyo pero los peces también se habían marchado.

"¡Oh!, ¿qué haré?" lloraba. "Tengo hambre y soy desdichada. Si no fuera tan infeliz no tendría tanta hambre."

Entonces Catundra vio, justo en frente de su nariz, un montón de tierra que parecía moverse. Ella acechaba inclinando la cabeza cuando el montón de tierra se sacudió otra vez, se oyeron dos estornudos y apareció un pequeño topo de apariencia conmovedora.

Con lentitud el topo sacudió la tierra de sus orejas, frotó sus ojos cuidadosamente, miró a su alrededor "¡Qué extraño!" dijo, "el cielo esta despejado, pero sobre mí hay una sombra ¡Hmmm!"

Volteó a ver qué era lo que causaba la sombra y se encontró con una Catundra muy hambrienta. Diciendo "¡Uf!" y "¡con permiso!" se precipitó nuevamente a su escondrijo. Apenas había metido la cabeza en el hoyo, cuando Catundra, con un lento movimiento de su pata, atrapó al indefenso topo por la cola.

Con lágrimas en sus ojos, Catundra levantó cuidadosamente al topo y emprendió su regreso a la cabaña para disfrutar su triste comida.

"¿Me vas a comer?", preguntó el topo.

"¡Sí!", sollozó Catundra.

El topo pensó durante un instante y después preguntó:

"¿Por qué a mí? apenas soy un bocado, mi piel está llena de mugre y probablemente te sepa mal. Seguramente hay algo mejor para comer que yo"

"Te voy a comer a ti", sollozaba Catundra, "no porque seas sabroso, sino porque no hay nada más que comer y yo tengo que comer porque me siento muy desdichada".

"¡Espera un minuto!", dijo el topo con indignación, conforme caía de golpe "¿Por qué te sientes tan desdichada?"

Catundra decidió contarle toda la historia de cómo engordó un poquito cuando era pequeña y cómo los otros gatos se reían y mofaban de ella. Continuó contándole cómo había huido a esta cabaña, pero no acababa de llegar cuando las otras criaturas del bosque también se empezaron a burlar de ella. "Ya vez, pequeño topo, lo único que me hace feliz es comer."

Fue en ese momento que al topo se le ocurrió un plan fantástico. "Gata", le dijo, "lo estás haciendo todo mal. En vez de comer, deberías ponerte a dieta para estar en forma, nadie se burlará de ti, y si nadie se burla de ti, no serás desdichada y si no eres desdichada no tendrás ganas de comer."

Catundra miró al topo y pensó y pensó. "Quizás, pequeño topo, tengas razón. Pero tú me vas a ayudar y si te equivocas, yo te comeré después."

Así, al comienzo de ese mismo día, Catundra empezó a hacer ejercicio con el pequeño topo. Él la hacía correr un poco, luego la paraba y dejaba que descansara. Después, cuando había recobrado la respiración y descansado bien, la hacía correr un poco más, diciéndole siempre lo delgada y bonita que estaría.

Catundra estuvo haciendo ejercicio durante días y días. Lentamente, pero con seguridad, estaba bajando de peso. De vez en cuando alguna de las criaturas del bosque se detenía a importunarla, pero el pequeño topo las ahuyentaba y recordaba a Catundra que pronto no tendrían motivo para burlarse de ella.

Una que otra vez Catundra sentía intensos deseos de comer, pero el pequeño topo sabiamente la dejaba comer algunas verduras frescas. También alguna vez le permitía atrapar una pequeña carpa del arroyo tan solo para que no se debilitara.

Para entonces Catundra había bajado tanto de peso que el pequeño topo tenía que aferrarse a su cuello mientras ella corría por la cabaña. Trepaba por los árboles tan alto y rápido como podía y después volvía a bajar alegremente. Podía saltar más alto que nunca antes, y lo más sorprendente era que ya no se sentía triste ni abatida.

Pero lo más importante: las otras criaturas del bosque ya no la molestaban porque había adelgazado tanto que se había convertido en la gata más preciosa que ellos habían visto.

Y así sucedió que en cualquier hermosa mañana de verano podía verse a Catundra tomando felizmente el sol, con el pequeño topo profundamente dormido, recargado en su rodilla.

domingo, 6 de febrero de 2011

Secretos


De pronto miro al techo de mi habitación, mientras recuerdo el diálogo de una página que termina y sonrió a tus dulces palabras que mis oidos desconocen y mi mente atesora, cuan gemas doradas de oro infinito, del mismisimo diamante con el que esta hecho el reflejo de esta alma incompleta y fragil, aquella alma que espera pacientemente a su otra mitad.

Tan dulce y suave resulta tu "no-presencia", tan envidiable es la cercania y tan lejos quedan los sueños... mirando las estrellas lejanas que luchamos por alcanzar, por hacer nuestras justo como nuestros corazones.

Tan perfecta sintonia, tan imperfecta situación, tan extraña coincidencia el haberte conocido; y miro al cielo rogando porque siempre sintamos lo mismo, rogando porque algún día podamos decirlo, porque nuestros secretos ya los sabemos, los intuimos... sólo quisiera saber, cuando será el tiempo de revelarlos, de que conozcan la luz del amor verdadero, de un sueño cumplido...